saciar sedes ajenas de destrozo,
vanidad elocuente aniquilada.
Transformarse gusano fuera,
la rota mariposa trontollante,
si en labios ajenos te mecieras,
y en los míos quedaron,
envasados los recuerdos.
Convertirse en un horrible monstruo.
Rollar radiantes ojos secos,
brillantes en blancas noches,
cuando brazos abrazados te hayan,
y el respirar se torna insuficiente,
y tu te encuentras entre tanta gente,
meces tus alas, que vuelen alto,
y yo no te robo el placer aviador,
pues en tus libertades
se muestran los minutos de mis tiempos,
los que gastados van en tu encuentro.
Convertirse en un horrible monstruo,
fea criatura,
pieza de piezas,
puzzle de rozaduras,
agua oxigenada en sal
que brolla de fuga acuosa
y vergonzosa se asoma
por lagrimal,
cayendo baja en parpadeo tuyo,
acaricia entonces
poros cálidos,
sonrojada mejilla
de tu piel.
Convertirse en horrible monstruo,
ajeno a dolor ajeno,
vendetta en mano,
cerebral loco.
Convertirse en horrible monstruo,
justificado en aprendizaje,
centrado en hacerte daño,
y choca entonces con lecho sólido,
aquel lecho donde descansa,
lo que no se nombra pues miedo da,
lo que todos temen en libertad,
lo que todos anhelan,
aquella llamada Soledad.
Choca y se desconvierte,
avergonzado se viste de dudas,
se peina de noches,
se pinta de mejores pasados,
aquellos mágicos despertares,
aquellas lunas que no lucían rotas,
aquel verano en inmenso mar.
Convertirse en monstruo horrible,
y verter tiempo preciado,
en tan hondo pecado,
que es odiar,
y en despertar de mariposas,
volar alto con propias alas,
encontrar nuevo camino labrado,
y volver a cambiar,
y obviando corazones rotos,
volver a amar.
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